Durante dos años, un tomógrafo estuvo paralizado. Dos años en los que cada paciente que necesitaba una imagen para un diagnóstico tuvo que ser derivado, esperar o simplemente quedarse sin ella. Un equipo de alta tecnología, comprado con recursos públicos, convertido en un mueble caro que ocupaba una sala.
Cuando asumí la gestión, ese tomógrafo se había vuelto parte del paisaje. Todos sabían que estaba dañado y casi nadie creía que volvería a funcionar. Esa resignación es, en el fondo, el problema más grave de la gestión pública: la costumbre de aceptar lo que no funciona como si fuera inevitable.
Reactivar un equipo es reactivar un derecho
Dirigí todas las gestiones técnicas y administrativas necesarias para devolverlo a la operación. No fue un asunto de apretar un botón: implicó diagnóstico real del daño, gestión de proveedores, trámites, decisiones y una insistencia que la burocracia rara vez premia. Pero se logró. El tomógrafo volvió a funcionar y, con él, volvió la capacidad de diagnóstico por imagen para miles de personas.
Y no me detuve ahí. En paralelo, dejé elaborado y viable un proyecto de repotenciación integral del hospital: la hoja de ruta para que esa institución diera un salto real en su capacidad de atender a su población.
Un equipo médico parado no es un problema técnico. Es dinero público inmovilizado y pacientes sin respuesta. Reactivarlo es una decisión de gestión antes que de ingeniería.
La lección que no quiero que se pierda
Con el tiempo, tanto la operación del equipo como la oportunidad de repotenciación terminaron perdiéndose. No voy a usar este espacio para señalar a nadie; prefiero rescatar la enseñanza, que es más valiosa y más difícil.
La enseñanza es esta: en el sector público, un buen resultado no está garantizado en el tiempo. Una gestión honesta y técnica puede recuperar lo que parecía perdido, pero si la continuidad no está a la altura, ese logro se revierte. Los sistemas de salud no fallan solo por falta de recursos; fallan por falta de institucionalidad, de mantenimiento, de memoria y de estándares que sobrevivan al cambio de las personas.
Por eso, cuando hablo de reformar la salud, no hablo solo de conseguir logros puntuales. Hablo de construir instituciones capaces de sostenerlos. Un tomógrafo reactivado es una buena noticia; un sistema que jamás habría permitido que se apagara dos años es la verdadera meta.
Lo que este caso me confirmó
Me confirmó que la mayoría de los problemas que damos por técnicos son, en realidad, problemas de decisión. Que detrás de cada "no se puede" suele haber un "nadie quiso hacerse cargo". Y que gestionar bien lo público es, ante todo, negarse a aceptar la resignación como norma. Esa es la actitud que llevo a cada institución que dirijo, y la que creo que le hace falta al sistema de salud del país.