Cada vez que se discute la salud en Ecuador, la conversación termina en el mismo lugar: falta presupuesto. Es una respuesta cómoda porque libera a todos de la parte difícil. Si el problema es solo el dinero, entonces nadie tiene que revisar cómo se toman las decisiones, cómo se compra, cómo se mantiene un equipo o por qué una consulta agendada nunca se cumple.
He trabajado dentro del sistema el tiempo suficiente para afirmar algo incómodo: he visto hospitales con recursos suficientes fracasar por mala gestión, y equipos modestos rendir muy por encima de sus medios. La diferencia rara vez fue el dinero. Fue la gestión.
Dónde se pierde realmente el dinero
El desperdicio en salud casi nunca aparece en los titulares, porque es silencioso. Un tomógrafo detenido durante meses porque nadie gestionó un repuesto. Medicamentos que caducan en bodega mientras faltan en la farmacia. Insumos comprados con sobreprecio porque el proceso no fue competitivo. Historias clínicas mal documentadas que terminan en glosas y en servicios que no se pagan. Quirófanos subutilizados junto a listas de espera que crecen.
Ninguno de esos problemas se resuelve con más presupuesto. De hecho, inyectar más dinero a un sistema que no sabe administrarlo solo multiplica el desperdicio. Es como llenar de agua un tanque perforado: mientras más echas, más se pierde, y el que mira desde afuera concluye que hacía falta más agua.
Un sistema que no mide, no compra bien y no da mantenimiento no tiene un problema de recursos: tiene un problema de gestión. Y ese no se arregla con el presupuesto del año siguiente.
Qué significa gestionar bien
Gestionar bien no es un concepto abstracto. Es medir lo que importa cada semana, no cada año. Es dar mantenimiento antes de que el equipo se dañe, no después. Es comprar con reglas claras y competencia real. Es planificar el recurso humano según la demanda, no según la costumbre. Es exigir que cada proceso tenga un responsable con nombre y apellido. Y es, sobre todo, tomar decisiones a partir de datos y no de intuiciones o intereses.
Cuando eso ocurre, el mismo presupuesto rinde el doble. Lo he comprobado: adquisiciones que alcanzaron precios históricos sin un solo favor de por medio, equipos reactivados que llevaban años parados, procesos estandarizados que devolvieron control a la operación. No hizo falta más dinero; hizo falta orden.
Esto no es una excusa para no invertir
Que quede claro: Ecuador sí tiene brechas de inversión reales, sobre todo en el primer nivel de atención, en tecnología y en talento humano. No pretendo que la gestión sustituya al financiamiento. Pretendo algo más sensato: que el orden vaya primero. Poner recursos frescos sobre una estructura que desperdicia es la forma más rápida de desperdiciar más y de alimentar la desconfianza ciudadana en el sistema.
La secuencia correcta es reparar el tanque y después llenarlo. Un sistema que primero demuestra que sabe cuidar cada dólar es, además, un sistema que puede pedir más presupuesto con autoridad moral.
La reforma que defiendo
Mi visión de la salud ecuatoriana parte de esta convicción: antes de discutir cuánto invertimos, debemos garantizar que cada dólar llega efectivamente al paciente. Un sistema eficiente, transparente y medible no es un lujo técnico; es la condición para que la salud pública deje de ser una promesa y se convierta en un derecho que se cumple. Ese es el punto de partida, y sobre él construiré todo lo demás.